Müller: en el lugar del gol
Por Aitor Lagunas • 3 Nov 2010 a las 11:51 • Categoría: Historia, Jugadores míticos
A la legendaria Alemania de mediados de los 70′, como al mítico Bayern de la época, se le asocia inmediatamente la imagen de Beckenbauer, el líbero que ensalzó la tarea de defender en una cancha de fútbol. Sin embargo, tan importante como el papel del ‘Káiser’ resultó el de un hombre bajito, ancho, compacto: Gerhard Müller. Su hábitat era el área pequeña, la olla en la que se cocinan los goles. Su arma: un remate casi espontáneo, eléctrico, fugaz.
“¿Qué se supone que he de hacer con este levantador de pesas?”, dice la leyenda que musitó el entrenador del Bayern de Múnich cuando cruzó por primera vez su mirada con la de Gerd Müller. Ciertamente, su aire retraído y tosco completaba un cuadro poco halagüeño: con unos muslos de 65 cm. de perímetro, un tren inferior desproporcionado con respecto a un tronco ya de por sí rechoncho y un fortísimo acento regional, el joven Müller transpiraba más el aspecto de un halterófilo de la RDA que del típico ariete alemán. No era alto ni apuesto, no peinaba una melena rubia ni deshacía a las chicas con una gélida mirada de color hielo. Simplemente, metía goles. Y muchos.
A la Alemania en la que le tocó jugar se le tildó, con toda la carga despectiva posible, de precursora del fútbol industrial, probablemente en contraposición con la fantasiosa ‘naranja mecánica’ holandesa. Pues bien, esa factoría del balompié encontró en Müller un peón especializado al extremo, una prueba de las bondades que la producción en cadena puede deparar cuando se aplica sobre un tapete verde. Henry Ford buscaba operarios adiestrados en una sola tarea, que le ahorrasen a la empresa ese tiempo que media entre la concepción de un acto y su ejecución: “Cuando pienso, llego tarde”, que diría Müller. Ésa constituyó la gran virtud del ‘Torpedo’, como fue apodado a la vista de su violencia artillera: la inmediatez, la intuición, el acto reflejo. Cuando el balón botaba huérfano en el área, fruto de un rechace, un rebote, un despeje, un pase -no importa qué-, aparecía la punta de su bota, su flequillo revuelto o incluso alguno de esos 65 cm. agrupados en el contorno del cuádriceps para que Müller pudiera gritar un gol. Casi siempre una intervención suya prologaba la algarabía de la grada, el éxtasis de los compañeros y la desolación de los rivales. Su achatado cuerpo ejercía una extraña atracción sobre el cuero: no es que Gerd pasara por el lugar adecuado en la milésima oportuna; más bien era el balón el que le encontraba, habitualmente oculto entre las tibias interminables de los líberos de la época.
El hallazgo
Nördlingen sitúa a sus 20.000 habitantes en el centro de un valle circular al que se atribuían orígenes volcánicos hasta que, a mediados de los años 60, se reveló que respondía al impacto de un meteorito prehistórico. No sería el hallazgo más importante de la década en ese rincón de Baviera. Justo en aquellos momentos, los ojeadores de los equipos muniqueses habían descubierto en un adolescente local unas innatas condiciones rematadoras. Corrían malos tiempos para el Bayern, el entonces segundo club de Múnich, que ventilaba su modestia en la Regional Sud; por el contrario, el Múnich 1860 atravesaba sus días más soleados. Dos apellidos invertirían la jerarquía para el resto de la historia: Beckenbauer y Müller. Este último actuaba en el equipo de su pueblo cuando el gerente del Bayern, Walter Fembeck, se enteró de que el ojeador del 1860 iría un determinado domingo para traérselo a la capital regional. El astuto Fembeck llegó una hora antes, y, a cambio de 150 marcos mensuales, logró la rúbrica de la madre del chico, todavía menor. Nadie recuerda qué ocurrió cuando llegó el secretario técnico del 1860.
A Müller le costó revertir la impresión inicial que su fisonomía había despertado en Zlatko Cajkovski, el entrenador del Bayern. De hecho, fue la insistente opinión del presidente del club, Wilhelm Neudecker, quien le permitiría debutar ante el Friburgo, en octubre de 1964. Müller inauguró por partida doble la nómina goleadora con su nueva camiseta y, desde entonces, Cajkovski no dejó de referirse a él con un mote más cariñoso, pero todavía despectivo: el ‘Gordito’.

Esa misma temporada, su figura engarza con otros dos mitos del balompié teutón: el anteriormente mencionado Franz Beckenbauer, que procedía de la cantera del Múnich 1860, y el guardameta Sepp Meier. Con estas tres vértebras en su columna, el Bayern escala en un solo curso hasta la Bundesliga. En 1966, sus vitrinas se abren para recibir el segundo título de la historia del club, la Copa alemana, que franquea el paso a la Recopa de Europa del año siguiente. Estamos a finales de los 60’. Al ‘Eje’, como sería conocido el espinazo Meier-Beckenbauer-Müller, sólo le falta el título de liga -que llegará en 1969- y el reconocimiento internacional: Beckenbauer y Meier acuden al Mundial de 1966; no así Müller, que deberá esperar hasta octubre de ese año para alinearse con la Mannschaft.
México, su Mundial
Si la segunda mitad de la década de los 60’ había conocido la explosión paralela de Gerd Müller, Franz Beckenbauer y el Bayern, la primera de los 70’ supondrá la confirmación de esa tendencia y la extensión de los laureles también al combinado nacional. El ‘Torpedo’ madura, desarrolla un olfato de gol asesino y potencia su eléctrico golpeo. Su eficacia realizadora se dispara a cada temporada: en 1967 consigue el primero de sus siete galardones como máximo artillero germano, con 28 dianas. Repite en 1969 (30 goles), 1970 (38) y alcanza su cénit en 1972, cuando por 40 veces obliga a los guardametas contrarios a rescatar el balón de las redes. Sus estadísticas son tan abrumadoras que no merecen comentario alguno: al dejar el Bayern, en 1979, habrá firmado 365 tantos en 427 encuentros disputados. Aún hoy, sigue siendo el máximo goleador de la Bundesliga, a más de 100 goles de diferencia con el segundo. “El Bayern es lo que es en la actualidad gracias a los goles de Gerd”, ha afirmado Beckenbauer. Por supuesto, el Bayern fue lo que fue en aquella época gracias al inmenso caudal de goles que garantizaba Müller. Corrían días en los que el compacto ariete coleccionaba distinciones de todos los metales, empezando por la Bota y el Balón aúreos de 1970, cuando también era señalado como ‘Mejor futbolista europeo’.

No en vano, el ‘Torpedo’ venía de destaparse internacionalmente en el Mundial de México, que se había disputado ese verano. “Fue el mejor Mundial para mí”, ha reconocido después el protagonista. Sus diez goles impulsaron a la RFA hasta la final de consolación, prefigurando el rocoso equipo que cuatro años después se haría con el cetro. “Nunca he podido volver a ver las semifinales ante Italia… ¡Aún tengo ganas de ‘matar’ a Siggi Held por no controlar el balón que nos llevó a la prórroga!”, bromea.
En 1974, la selección alemana que preparaba Helmut Schön partía como favorita, no tanto por su condición de anfitriona como por disfrutar del ‘Eje’, campeón de Europa de clubs ante el Atlético de Madrid. La Mannschaft ya había demostrado su carácter ganador en la Euro’72 en Bélgica, por lo que todos esperaban ver un Mundial hegemónico para los locales. El juego de Alemania se encargaría de enfriar los ánimos, y la derrota frente a la RDA terminó por congelarlos. Fue entonces cuando el ‘Eje’ tomó las riendas de la concentración alemana, relegando a Schön a un papel meramente representativo. Müller, que hasta ese momento sólo llevaba un gol, lograría otros tres decisivos tantos: frente a Polonia y Suecia en la segunda fase, y contra Holanda en la final. Ésa fue su última intervención con el equipo federal. Anunció su retirada de la selección tras disputar 62 encuentros y acertar en 68 ocasiones con la meta rival, cifras de las que se infiere una media terrorífica. En 1979, tras recaudar cuatro ligas, tres Copas de Europa y una Intercontinental para el Bayern, se embarca en una penosa aventura americana: juega en equipos con nombre de pub, como el Smiths Brothers Lounge, se aburre apoltronado ante la televisión, empieza a beber. Abre un bar que con frecuencia cierra de madrugada George Best. Su mujer y su hija le dejan. Se hunde. ”Casi destruyo mi vida por culpa del alcohol”, concluye en la actualidad.
Beckenbauer y Uli Hoeness, Berti Vogts y Uwe Seeler, los antiguos compañeros que le asistían en la cancha, le ayudan a finales de los 80’ a salir del pozo. Le proporcionan el pase de gol más importante de su vida: devolverle la autoestima. Como siempre, el ‘Torpedo’ no lo desaprovechará. Supera un proceso de desintoxicación y, desde 1992, entrena a los juveniles del Bayern. Müller encuentra por fin el equilibrio personal que litros de alcohol habían estado a punto de diluir como un cubito. “Sólo quiero disfrutar de mi tranquilidad”, dice ahora, convertido en abuelo. Ha reconquistado el amor de su familia y el reconocimiento de todo el país, como se demostró en la gala de 40 aniversario de la Bundesliga.
Müller puede hoy reivindicar su lugar en la historia del fútbol: la de los especialistas con columnas por piernas; la de los ‘levantadores de pesas’ que meten 14 goles en dos mundiales; la de los seres pequeños que hacen cosas grandes.
Diez tantos en México’70 y cuatro en Alemania’74 auparon a Müller a la condición de máximo goleador de todas las fases finales de los Mundiales. Hasta el 27 de junio de 2006: Ronaldo, con su gol a Ghana, alcanzaba las 15 dianas obtenidas, eso sí, en tres certámenes (Francia’98, Corea-Japón’02 y Alemania’06). “Siempre he dicho que el verdadero récord corresponde a Just Fontaine, que hizo 13 en una sola edición”, apunta el ‘Torpedo’, que en su juventud también fue apodado el ‘Gordito’. “De todas formas, Ronaldo ha mostrado un rendimiento excelente. Para mí, es el delantero de más categoría, y el más completo, del panorama reciente”.
Artículo publicado en Don Balón y recuperado hoy, día del 65 cumpleaños de Gerd Müller.
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